Las bitácoras del viaje de Ernesto y Ana María no saben
de fronteras, y dan fé de su paso por México, Guatemala,
Belice, El Salvador y Honduras. Fotografías, mapas, guías,
son sólo herramientas para acercarse a un mundo milenario
y sorprendentemente vivo, ya que sus andanzas los llevan
a entablar contacto con pueblos indígenas, descendientes
y herederos de los antiguos mayas.
El recorrido de Ana María y Ernesto se construye
cada día, traza líneas en la tierra y en la
memoria: la espesa vegetación con sus verdes infinitos;
los rayos del sol abrasando la piedra tallada, como un enigmático
libro abierto; la traza de ciudades como laberintos y acertijos,
retando nuestra inteligencia; la sed, el sudor y el gusto
de estar vivos; la emoción de internarse en un mundo
mágico a bordo de su jeep y ver cómo avanza
el registro de los kilómetros recorridos; cómo
las llantas van dejando la huella de su paso por esas tierras
y recogen en sus hendiduras, a su vez, un poco del polvo
de ese camino único que ellos parecen inaugurar a
cada instante.
Las sendas de agua y viento; el sol calcinante y la humedad;
el aullido milenario de los saraguatos que resguardan la
selva y sus tesoros; pero también el momento de reposo
en la noche al calor de una fogata, cuando la tienda de
campaña es el hogar perfecto mientras los sueños
se echan a volar en la oscuridad estrellada.
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