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Florencio Susilla Las historias de Fonda Susilla se suceden alrededor de Florencio, hombre de 42 años, inmaduro y protector, cuyo objetivo en la vida es sacar adelante a sus cinco hijos, a cada cual más dispar. Desde coser disfraces para la pequeña y asistir a sus festejos escolares, hasta orientar a una que se quiere poner un clavo en la nariz, otro que ve apariciones de la virgen en las tortillas y otra que pega mensajes anticapitalistas en las canastas del pan. Todo ello debatiéndose cotidianamente con su propia inmadurez, y aprendiendo de la vida casi al mismo tiempo que sus hijos. Sobre el amor, piensa que un día llega alguien que te lee como un libro, no pide nada y todo da. Ese amor está en los ojos de sus hijos, y lo lleva debajo de la piel. Florencio no se llama así, usa el nombre por motivos románticos: una noche lluviosa, después de perder todos sus ahorros en una quiniela, llegó hecho polvo al café Sumatra de la calle Florencia. Ahí probó un caldo Tlalpeño que le devolvió la vida de tal forma que quiso agradecer personalmente al cocinero. Resultó ser una amorosa artesana de la cocina, y con la cual se casó. De ahí los nombres con los que ambos se rebautizaron. Este sentimentalismo geográfico se extendió a sus hijos: todos llevan los nombres de los lugares donde fueron concebidos. Lo que ahora sólo Florencio sabe es que los nombres internacionales no son de países ni de ciudades, sino de locales de apuesta o de paso, bien internados en la ciudad. Florencio es un hombre simple, no se complica demasiado la vida, siempre y cuando no se la compliquen los demás. Pero cuando siente que ya no puede pide consejo a la foto de Sumatra que, sin hablar, casi siempre le dice lo que debe hacer. |
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